Llega un momento en tu vida que reflexionas sobre, lo rápido que pasa, lo corta que es, el poco tiempo que tienes, . . .
Cuanto eres un niño, si un niño unos seis años pasar por el puente de tu pueblo camino de la casa de tu abuela te parece un gran logo. Pides permiso a tu madre, te pones los deportivos, pues viene siendo un kilómetro, siendo la mayor distancia que piensas que puedes recorrer tu solo y te coges el camino por el que has ido toda la vida, por el que tu madre te llevo de la mano y te sentiste protegido.
Caminas por las calles, escuchando ruidos que jamás te fijaste ni diste cuenta de ellos, pues al lado de tu madre no puede pasarte nada malo, cruzas la carretera mirando cien veces a cada lado, con mas cuidado que nunca.
Sigues la calle paralela al río, todavía sin asfaltar, con cuidado de no pisar los charcos de la lluvia del día anterior, fijándote en la rana inmensa que se escabulle por el reguero, dejando un surco de barro revuelto en el agua.
Llegas a la pequeña casita de herramientas de uno de los vecinos, miras de nuevo el ciervo de forja que encumbra lo alto del tejado, te acercas y respiras al lado del rosal del que tu madre recogía de vez en cuando alguna rosa, para el jarrón, que dentro de tu presupuesto le regalaste en el ultimo día de la madre.
Continuas camino, y allí esta el gran puente, te acercas poco a poco, decides que es hora de pasar por primera vez por encima de el, solo, y te preguntas si estas preparado.
Das un paso y después otro, si estas encima del pavimento del puente, todo estaba encaminado, nada malo había pasado, llegue a la cuesta, la subí y allí estaba la casa de mi abuela, otro refugio tranquilo y apacible, una gran aventura para un niño de 6 años.
Creces, piensas que el mundo esta a tus pies, una vez mas, pero llega el momento en que ves, o mejor dicho, eres consciente de que te vas a la pequeña ciudad, a dieciocho kilómetros, y de nuevo pasas por un puente, mientras el autobús frena porque solo es de un carril. Este de hierro, pintado en un gris azulado, con oxido en los remaches, todavía recuerdo ese momento, derivaron el puente hace poco, ahora no es lo mismo, de hecho después de la tercera vez que pase solo ya me sentía el rey de la pequeña ciudad.
Pero me estoy remontando unos veinte minutos, empezare por cuando de nuevo pones tus deportivos y te despides de tu madre, coges la mochila con la toalla, las gafas y todo lo que te dijeron que necesitabas para el cursillo de natación, puf que nervios, la primera vez que tu, bueno acompañado de los amigos del pueblo, pero solo al fin y al cabo.
Esperas el autobús, nervioso con el frío de una mañana de verano, haciendo cabalas sobre que y como seria la piscina, quien nos daría clase . . . con diez años todo es nuevo fuera de tu pueblo, y entonces lo vi el imponente puente de hierro, gris azulado, con el oxido en los remaches, grande y esplendoroso, como nunca antes lo avías mirado antes, los segundo que el bus estuvo quieto, esperando que el coche con preferencia pasara, fueron eternos, ni siquiera comparable al pequeño puente de mi pueblo, pequeño y endeble comparado con el gran armazón de metal que sujetaba mi nueva línea, que tardaría solo unos segundos en pasar. El sol asomaba por las montañas y mientras cruzábamos, las barras me cubrían la cara de los primeros rallos del día.
Unos segundos que pasaron como horas, y llegamos pasando a trabes del los edificios en el que el mas alto podía tener seis alturas, pero ya no me imponían, solo eran casa, ahora el pequeño mundo que comprendía 18 kilómetros estaba a mis pies.
Pasaron unos años y un día decides que ese mundo, reducido y ya monótono, se te queda pequeño, con quince años eres el amo y señor de tu feudo, necesitando conquistar nuevos territorios, decidiendo que podías pasar un fin de semana, en un piso con unos amigos, en la capital de tu zona, ese día los preparativos son mayores, preparas la mochila con los pantalones para salir de fiesta, la camisa, incluso llevas los zapatos de vestir que con muy buen gusto escogió tu madre. Te despides de ella como si a la más cruenta guerra te dirigieras, esperando volver en solo dos noches. El corazón desbocado cuando subes en el coche, conoces el camino, pero como te paso años antes todo lo ves con otros ojos, fijándote en cada detalle, en la hierba verde, los árboles mecidos por la brisa, las grandes rectas de la carretera, . . . todo conocido pero nuevo a la nueva situación.
Llegas pasas un par de pueblos y allí esta, un viejo nuevo puente, de hierro, más grande más largo, más imponente. De un solo carril, regulado por semáforos, y por suerte estaba en rojo para nosotros, pasados los años y sacado el carnet de conducir te das cuenta que ese semáforo, lo que hacia era retrasar los minutos de fiesta que podías disfrutar una noche, pero eso . . . es otra movida, bueno como iba contando, paramos en la entrada del puente, gris también, con corros de oxido en los tornillos, pero como dije antes imponente.
Pasamos por encima de el, con un semblante calmado, aunque mi corazón estaba desbocado, ahora solo unos kilómetros más y seria la primera vez que pasaría un fin de semana de fiesta en la gran ciudad, un nuevo territorio por explorar y del que hacerme el dueño y señor.
Pasaron años más, con diecisiete las cosas y las formas habían cambiado, pero el ansia por descubrir o mejor dicho por conquistar nuevos territorios para mi feudo, me llevo a quedar con unos amigos en Asturias, prepare la maleta, esta vez con la ropa escogida por mi, ate los deportivos y me despedí de mi madre, diez y seis años, ahora tenia que coger el bus, con un trasbordo ya estaría camino a la nueva aventura en solitario.
Saque el billete en la ventanilla y monte en el autobús, unas horas y sentiría la brisa marina en mi piel, bueno la verdad es que la brisa, el mar, y la playa no las vi, pare en Oviedo, pero ya me estoy adelantando, paso una hora, de nuevo una mole de cables y hormigón el mayor de los puentes que jamás vi, alto como una catedral gótica, esbelto, largo y fuerte a la par, era precioso, y de una vez más mi corazón se desboco, otro respiro de libertad, una plena libertada que pensé me apabullara, pero no, esta vez solo sentí como se aceleraba mi sistema circulatorio, nervios, si, pero nada que no pudiera controlar.
Pasado el puente una serie de túneles que se convertían en grandes agujeros en la roca que siempre me pregunte como seria el ser humano capaz de semejante proeza, hasta que como todo en la vida tiene su respuesta y mas siento operador de maquinaria minera móvil. . . , después de eso la noche fue una más con la consiguiente conquista de mi nuevo territorio.
Las cosas cambian, tu vida se acelera, pierdes el rumbo, te reencuentras, das y recibes, conoces gente y por cosas de la vida tu pareja vive en una ciudad marítima, al norte de España, y allí de nuevo un puente, como todos los anteriores precioso, perfecto con un semblante que dejaría pálido al más pulido de los humanos, a menos que vivas en los Ángeles claro, lo recorres con tu coche, ese compañero inseparable de todas aquellas aventuras que desde los dieciocho te dio y compartió.
Este puente más largo, más ancho. Un puente colgante, los cables, el grosor de los cables era como el de mi torso sino más. Precioso, prefecto para empezar un nuevo sueño.
Pero las cosas se acaban y dejamos la relación, volví a mi pueblo y pase por el primer puente, como antaño, a pie, y me di cuenta que por mucho que las cosas cambien siempre tienes algo que descubrir, nuevo y apasionante, y es que en no mucho tiempo cruzare el puente sobre el Bósforo o Bosphorus como se llama y quizá algún día . . . el gran Golden Gate Bridge. Allá en la bahía de San Francisco.

Me encanta. Simbolismo puro. Pasajes de una vida descrita en puentes. Muy profundo y significativo.
ResponderEliminarEnhorabuena.