Solo si realmente quieres serlo lo serás.
Eso dijo mi maestro antes de dejarme solo en este mundo. Y creo que ahora se a lo que se refería.
Todo empezó cuando Noemí murió. Fue el principio por el que yo conseguí ser lo que soy y sentir lo que siento.
Ser un Malache habbalah no es plato de gusto, siempre puede que tu propio hermano te apuñale por la espalda, por eso solemos ser seres solitarios.
Solo una vez en la vida había sentido el horror de ver a un ser humano muerto, Noemí mi esposa, o mejor dicho, mi futura esposa, esto ocurrió hace 36 años y desde entonces busco venganza de todo aquel que a sido maltratado, humillado o herido.
Solo si eres de corazón puro o un autentico siervo de Satán uno de mis hermanos se dignara a aparecer ante ti. Eso si, siempre te pedirá algo a cambio o bien riquezas o quizá que te unas a las facciones a las que jure lealtad.
Noemí murió por un accidente de tráfico. Fue la noche en la que le pedí matrimonio.
Esa noche fue la más maravillosa de mi vida y la más horrible también.
Salimos de aquel restaurante. Estaba justo enfrente de la catedral de estilo gótico que a ella tanto le gustaba. Siempre se sintió atraída por esas cosas que yo no entendía.
Cogimos mi coche para ir a un piso que tenía alquilado. Ella era la hija del casero. De una familia rica y acomodada de la época, yo un simple trabajador en una de las muchas fabricas de materiales de construcción de la ciudad. Algo que a sus padres no les hizo mucha gracia, pero que aceptaron de mala gana.
Tras recorrer un trecho de la calle principal, un hombre, se estrelló contra nuestro coche. Noemí murió en el impacto y aquel hombre también. Yo tuve la oportunidad de vivir.
De las dos semanas que pasé en el hospital, sólo recuerdo estar en un lugar con luz azulada que se fundía con seres que me rodeaban. Mas tarde supe que eran malache habbalah. Desperté de aquel sopor en una cama de hospital. No recordaba nada del accidente, sólo el golpe, y todavía no entendía como había pasado.
Me contaron todo lo que ocurrió. Como el hombre se saltó el stop, me embistió. Como murió Noemí…
Estuve en tratamiento durante mucho tiempo. En el, me preguntaron cientos de veces si recordaba haber hecho algo desde el golpe hasta que quede inconsciente. Yo no recordaba nada y sobreviniéndome entonces un gran dolor de cabeza.
En los sueños que tuve durante una gran temporada se veían hombres andrógenos con cabellos largos y muy bellos y unas bestias en ocasiones con formas humanas y otras con formas horrendas y retorcidas.
Durante ese tiempo no pude contarle nada a nadie sobre mis visiones. Sólo tenía ganas de matar, destruir, humillar, . . No era humanamente posible sentir mas odio por aquel hombre que mato a mi linda Noemí, el amor de mi vida. Si lo hubiera tenido a mi alcance lo hubiera matado sin dudar. Un accidente es algo cruel siempre, pero que fuera por un hombre borracho el que había estampado su coche asesinando mis sueños… Eso no lo podía perdonar.
Una noche tuve un sueño extraño que me rebelo lo que seria mi futuro.
El sueño era inquietante. Un chico joven, de pelo rojizo y vestido con unos jirones de tela roja luchaba con un hombre maduro vestido como un noble de época, su piel era de un color azul, mortecino. La lucha duraría años y años y ninguno haría el mínimo gesto de retirarse o rendirse a su oponente. Por otro lado, en el mismo campo de batalla había un hombre de avanzada edad enfundado en una armadura verde y dorada con una túnica mas oscura cubriendo su pecho y piernas, echaba un pulso con un ser espeluznante que parecía consumido y miraba a todas partes con rostros situados en la nuca y los lados de la cabeza, estaba desnudo y sus extremidades parecían enclenques, pero no se rendía ante aquel anciano.
Detrás de ellos, un hombre con el pelo largo, azabache, con una diadema dorada, unas hombreras del mismo color y una tunica amarillenta se enfrentaba a una mujer bellísima. Se retorcían y retozaban en el suelo como perras rabiosas. Cuando miré a mi espalda vi a un chico de corta edad con armadura plateada y una tunica gris perla, que le cubría hasta los tobillos, lidiando con un humanoide rojizo, con grandes alas de murciélago y unos cuernos que recordaban a un ciervo.
A uno de los lados dos hombres, uno esbelto y de buena apariencia, el otro con ropajes estrambóticos. Discutían acaloradamente, pero no supe que se estaban diciendo.
Al otro lado dos humanos, uno de ellos con cabellos rubios y largos que caían por su espalda, portando una espada enorme y el otro con una armadura de metal y un espadón casi tan largo como el, estaban luchado sin tregua haciendo estallar sus espadas con cada golpe.
Cuando miré hacia arriba vi un hombre moreno que me miraba fijamente. Tenía una corona y una espada de un tamaño considerable, y como antagónico un humano rubio, de mirada retorcida, que parecía escrutar todo mi ser reía con una sonrisa sepulcral. Intenté moverme hacia el joven con pelo largo y negro que fue el que aparentaba más tranquilidad, pero era como si mi cuerpo estuviera inerte. No necesitaba respirar, ni siquiera mi corazón bombeaba la sangre que supuestamente corría por mis venas. Me sentía impotente ante aquellos seres que luchaban sin descanso envueltos en una espiral de muerte.
No sabría decir el tiempo que pasó desde el momento en que abrí los ojos hasta el momento en que tres hombres se acercaron a mí y con una voz sepulcral con un tizne misterioso se metieron en mi mente. Sin mover los labios me dieron la noticia de mi destino. Sólo yo tendría el poder de decidir el sino de mi vida o de mi no muerte en las manos. Sentir miedo, temor, sería lo mas normal en este caso, pero yo sentí poder, desenfreno, odio y también piedad por los que se cruzaran en mi camino.
La noche siguiente, en mis sueños apareció el chiquillo pelirrojo de la noche anterior, con un par de alas resplandecientes y los mismo jirones rojos como única vestimenta. Se acercó sacudiendo las alas y doblándolas sobre su espalda de una manera en la que todavía podían verse, doblándole la altura. Se acercó a mi oído derecho y me susurró dulcemente unas palabras que se referían a mi mejor amigo. El se sentía solo. Yo podría verlo una vez más, pero en tal caso, sería el responsable de su destino.
Por la mañana Raúl vino a visitarme al hospital, pero no quise verlo. No podía permitir que a el le pasara lo mismo que a Noemí. No podría sentirme mas decepcionado con esta vida que me tocaba vivir. Cuando salí del hospital Raúl no quiso saber mas de mi, y no lo culpo. Hablé con la enfermera y le dije que a le culpaba de la muerte de mi prometida. Llegué a confiar muchísimo en ella, la apreciaba como una hermana. A fin de cuentas, había logrado mi propósito, había perdido el contacto Raúl.
Una vez salí del hospital continué teniendo sueños de la misma índole, pero cada vez se esclarecía mas mi destino llevándome a una desafortunada conclusión, una elucubración de mi mente que me hacía verme como a un ser inmortal.
Traté de quitarme la vida tantas veces que ya ni tan siquiera lo recuerdo, sin sentir el mas mínimo mal estar al ingerir cualquiera de los botes de pastillas que engullí, o un ápice de dolor al romperme los huesos en cualquiera de las veces en las que me arrojé por desniveles que hubieran matado a cualquier ser humano.
Cuando me percaté de lo ocurrido en el accidente fue una revelación para mi mente perturbada. Los sueños ahora parecían adquirir un abstracto sentido, pese a que en mi interior siempre lo tuvieron.
Una noche como todas las anteriores en las que no pude dormir apareció ante mi un arcángel, Miguel, el mayor y mas poderoso de ellos me dio las claves que necesitaba.
Me explicó en lo que me había convertido y me dijo que de ahora en adelante debía ser un ser imparcial. Yo y sólo yo tenía le deber de escoger a quien rendiría pleitesía de ahora en adelante y a quien haría los “favores”. Después de esto solo necesitaba saber cual era la situación de cada una de las dos partes del conflicto.
Después de hablar con el arcángel lo que deseaba era descubrir mis poderes, sin restricción utilizándolos solo por puro placer.
El primero que descubrí era el de ver el futuro inmediato y así descubrí el resto de mis poderes que de no ser por un ansia difícil de revocar me impedirían matar a cualquier hombre que se interpusiera entre mis manos y a quien se mereciera la muerte mas cruel que se me ocurriera en ese momento.
Tuve la ocasión de comprobarlo esa misma noche. Un hombre de unos 25 años caminaba dando tumbos por la calle. Acto seguido cogió su coche no antes de hacer unas cuantas maniobras chocando contra el que estaba estacionado delante y el de atrás. Minutos después consiguió sacar el suyo. Condujo unos quinientos metros, y finalmente se estrelló contra un escaparate de un videoclub. Yo ví esto desde una azotea de un piso cercano donde me encontraba por un extraño sentido que me llamaba a estar allí. Me incorporé y de un salto estaba en pie en la calle. Antes de que a nadie le hubiera dado tiempo a acercarse yo ya estaba al lado del coche siniestrado. Vi al hombre maltrecho tratando de pedir auxilio, estaba grave, pero no hice el mas mínimo esfuerzo por ayudarle. Solo dejé mi mano sobre su frente y mientras a el se le apagaba la chispa de la vida en el pecho yo sentí todos sus crímenes. Aquel ser que tenia ante mi había matado a una mujer el día anterior, tras violarla. Esta imagen se proyectó en mi cabeza como si yo mismo hubiera sido el hacedor de semejante barbarie. Ese individuo la había raptado en una parada de autobús, en una calle céntrica. La había arrastrado a un portal y una vez hubo acabado su acto miserable, que le hizo sentir poderoso y superior, con una crudeza digna de un animal salvaje, asestó tres puñaladas a aquella mujer, que no pudo defenderse. Tras sufrir la agresión su cuerpo callo a los pies del asesino como el hacia el en este momento ante mi. Así descubrí el último de mis poderes, solo con tocar a una persona podía matarla pero había algo que me hacia sentir mal. Una vez muerta mi victima notaba como la chispa vital se extinguía y pasaba a mi cuerpo. Me sentí vivo otra vez. La primera vez desde la muerte de mi amor.
La vida transcurría pero yo no necesitaba de los bienes materiales. Solo paseaba viendo a la gente en la calle y si encontraba a alguien que mereciera morir yo y solo yo era su jurado y verdugo.
Un tiempo después Miguel se presentó de nuevo ante mi. Esta vez como un hombre con tres pares de alas que no recogió en ningún momento. Me dijo que ya sabía que tenia que decidir sobre si acudiría a sentarme a la derecha del padre o por el contrario seria uno de los esbirros del señor del averno. Le di la espalda y le hice una pregunta. ¿Por qué Dios dejo morir a un ser tan puro como Noemí? El contesto: <<Solo el sabe. Nuestra labor no es preguntar sino seguir sus designios>> No lo dejé terminar solo empecé a caminar y el guardó silencio.
Esa noche salí a cazar, pues siempre encuentras a un humano que merece la muerte. En la que aparece lo más oscuro de los hombres en sus ojos.
Necesitaba tomar algo que me refrescara por dentro, que aunque no lo necesitaba, siempre notas como el frío recorre todo tu interior. En aquel bar lleno de hombres vi muchos que se creían superiores a los demás, otros solo deseaban su ración de sexo y otros solo estaban allí para pasar un rato con los amigos. Pero uno en particular me llamo la atención. No supe por qué hasta que no me acerqué lo suficiente. Era un tipo alto con media melena y guapo. Cualquier hombre o mujer se sentiría atraído por el. De hecho tenia a varios tipos a su alrededor esperando el turno para poder llevárselo a la cama. El solo sonreía pero yo ya sabia lo que el estaba buscando, lo vi en sus ojos azules a la vista, pero negros como el ónix vistos con los ojos del alma. Tenía que darle su merecido.
Cruce el bar con paso firme. Todos me dejaron recorrer la distancia que nos separaba, incluso les gustó separarse para dejarme atravesarla, pues yo también era un tipo guapo.
Muchos se fijaron en mi pero mi objetivo era el tipo del fondo de la barra. Me acerque y como si de un sexto sentido se tratara le dije justo lo que deseaba escuchar. Le prometí la noche mas apasionada lujuriosa y sucia de su vida. Y salí del bar. Me apoyé en una esquina de la fachada y el no tardo ni cinco minutos en salir por la puerta. Sabía lo que deseaba y no era sexo era algo mas sucio y depravado. Nos fuimos a su casa. Vivía en un piso minimalista nada mas entrar por la puerta me desabrochó el cinturón y me sonrió con un gesto me condujo directamente a su habitación. Yo deslicé mi cinturón hasta que me deshice de el. Le propuse un juego. Acepto. Cogí mi propia camisa y la hice jirones, sensualmente le empujé hacia la cama. El, con una sonrisa de satisfacción y seguridad se dejó atar la muñeca derecha y deslizándome sobre el le ate la mano izquierda. Sentado a horcajadas sobre su cintura le pregunté si le gustaba, me respondió que nunca lo había probado. Era mentira. Si lo hizo pero siempre fue él el que ataba a sus victimas. Baje hasta sus tobillos y los ate a las patas de la cama con otros dos jirones de tela de mi camisa. No se podía mover, y aunque no era problema pues yo solo con un golpe podría matarlo, mi propósito era que probara de su misma maldad. Rasgué sus pantalones mientras el se excitaba mas y mas por momentos. Tenía el cinturón enroscado en mi antebrazo y con sus mismos pantalones le hice una mordaza. Ahora era el momento no podía ofrecer resistencia. Creo que en ese instante vio lo que mis ojos estaban deseando. Entonces su cara cambio y se descompuso. Tomé uno de sus juguetes que por su propia iniciativa estaban colocados en la mesilla de noche. Y de un solo empujón se lo introduje asta el fondo de su ser. Estaba sufriendo eso era lo que yo deseaba. Después de mi regocijo viendo su cara de tipo guapo reducida a un puñado de sollozos, tomé otro de sus juguetes y sin retirar el anterior lo metí haciendo mas presión para que los dos entraran en el interior. En ese momento su gesto era inhumano descoyuntado por el dolor. Pero mi ser quería mas venganza me dirigí al baño donde cogí un paquete de cuchillas de afeitar de un estante. Volví a la habitación, al verme entrar en ella se retorció como si del mismo señor del infierno intentara escapar. Tras rasgar su pecho y piernas con una de ellas me dispuse a utilizar el resto y se las introduje como hice con los dildos. Cuando estuvo a punto de desmayarse del dolor le puse la mano en el pecho. Y note como su vida se extinguía. Aquel hombre que no sabía por qué merecía el castigo, tenía más de pecador que cualquier prostituta. Su existencia la había consagrado a contagiar a los que eran como el con el virus del sida. Ese fue su pecado el que yo no supe hasta que le robe la vida.
Cada mañana me sentaba en un café y repasaba los sucesos. Era curioso, hasta hace no mucho ya no sólo los leía, ahora los firmaba en primera persona. Je, je, je... Era estimulante.

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