miércoles, 9 de marzo de 2011

in memorian


España era su país de libertad, el lugar donde encontró el amor y donde perdió su forma de ver la palabra de su dios. La universidad, el lugar de conocimiento, de perfecta convivencia y de nuevos puntos de vista.



Las primeras semanas caminó por el campus, descubriendo los lugares mágicos y ausentándose del suelo para llegar a lo más alto de los edificios e ir bajando poco a poco, fijándose en los pequeños detalles de las fachadas.

Poco a poco, se internó en la ciudad; las gentes no vestían como en su tierra, en la que solo los más atrevidos vivían al borde de la marabunta, con los pañuelos cubriendo el pelo de las mujeres y los hombres llevando una tupida barba, no por ellos mismos, sino por una estética retrógrada.

Caminó por una de las callejas estrechas, viendo cómo los jóvenes de su edad entraban y salían de bares, las chicas con más piel a la vista que ropa; los chicos borrachos compitiendo por quién era el más rápido, con los pantalones a la altura de los tobillos. . .

(Para sus adentros y en su idioma natal, pronunciaba una y otra vez: “España es diferente”).

Terminada la estrecha calleja entró en una gran plaza y, en el centro de esta, la encontró; era preciosa, esbelta y como nada visto en su tierra, a pesar de tener monumentos que llamaban la atención de todo el mundo.

Ella, impasible como antaño, esperaba las miradas de los intrusos que la acosaban tanto de día (incluso entrando en su interior), como por las noches regalando su mejor cara.

La miró de nuevo y otra vez en su idioma pensó: “Santa Sofía, Mezquita Azul, lo siento, pero me he enamorado de la preciosa y esbelta Señora de León”. Giró la cabeza y en los soportales vio cómo dos hombres caminaban dados de la mano. (¿En España esto es común? ¿Serán homosexuales? La libertad en este país es demasiada, qué vergüenza.)

Observó de nuevo a la bella dama y se despidió. Ya tenía sueño y la media noche había pasado hacía tiempo. Deshizo el camino andado, viendo de nuevo a la juventud perdiendo los modales y la compostura con cada trago de sus copas.

El mes había sido duro, el inglés lo tenía superado, pero el español era muy difícil. En la universidad no entabló amistad con nadie y las clases, arduas, no le iban del todo bien. Aquella mañana llovía como no recordaba haber visto jamás, corrió por el campus hasta llegar a su facultad, cerró el paraguas y entró en el recinto; en el vestíbulo un chico de unos veintitrés años estaba repasando sus apuntes y el resto del personal se metía en las clases sin tiempo para fijarse en él. Pero sus ojos se posaron en aquel muchacho moreno, con una frondosa barba recortada, mirando y repasando hoja a hoja un taco que parecía no tener fin.

(Qué hombre más atractivo. ¿Pero cómo puedo pensar en un hombre de esta manera?)

A pesar de rechazarlo toda su corta vida no podía evitarlo; los hombres le llamaban la atención y las mujeres no le causaban en absoluto la misma atracción.

Corrigió la mirada y bajó la cabeza.

No está bien, se dijo para sí.

Dirigió sus pasos hacia el pasillo donde las experiencias se acumulaban. Pensó en todos los estudiantes, que en su misma situación caminaron por aquel corredor.

Se detuvo unos segundos delante de la puerta de su aula.

(Valor, no lo estas haciendo mal.)

-¿Qué te pasa?

Una voz a su espalda le asusto y dio un salto.

-“Tu mi asustado”.

-¿Qué? Tú no eres español. ¿Verdad?

-“No”.

-¿De donde eres?

-“Yo, yo soy Turquía”.

-Joder tío, ¡Aquello tiene que ser guapísimo!

-“Sí, es”.

-Vamos dentro, antes de que llegue el profesor. Este es de los chungos, más vale que nos pongamos las pilas.

-“Sí”

Después de aquella conversación los dos jóvenes estrecharon amistad; en los trabajos intentaban ir juntos, pasaban horas compartiendo el saber de los libros, incluso les dio tiempo a aprender algo de turco.

En solo una semana se convirtieron en los mejores amigos.

-¿Qué haces el fin de semana?

-No entiendo.

-Que si te apetece hacer algo el fin de semana.

-Sí.

-Bien, será divertido. Te presentaré a mis amigos y puede que te guste alguna de las chicas.

Los pensamientos que le rondaban llegaron de nuevo.

(El que me gusta eres tú)

-“¿Qué hora quedar?”

-¿Te parece que pase por tu casa sobre las once?

-“Sí”

-Pero estate preparado.

Pasó el resto del viernes dormitando en su habitación, pero llegada la hora de la cena, no le apetecía nada; solo una parte de su cuerpo parecía decirle lo que debía hacer a continuación. Repasó su torso con las manos, deslizándolas lentamente hasta llegar al único lugar que en esos momentos le marcaba lo que realmente le apetecía.

Terminada la tarea, la ducha le esperaba. Entró en el plato y, con el agua caliente, el instinto afloró de nuevo y otra vez dio rienda suelta a sus feromonas.

-¡Suena el telefonillo!, dijo uno de sus compañeros de piso.

-“Yo va.”

Corrió por el pasillo con la toalla empapada y contestó.

-“¿Si?”

-Holas. ¿Estas listo?

-“Sí, bajo. Una segundo.”

Se vistió a toda prisa, los mejores pantalones, la camisa azul que más le gustaba, la cazadora y los zapatos de cuero negro. Todo listo para una noche de fiesta.

-Creí que te habías quedado dormido.

-“Siento retraso. Yo en ducha.”

-No pasa nada. Vamos, la fiesta espera.

Se dirigieron al barrio viejo de la ciudad; las piernas lo llevaban, no sabía dónde o qué harían aquella noche.

-Perdona, tío, por lo de ir a toda hostia, es que llego tarde.

-“No preocupes.”

-Na está cerquita ya.

Doblaron la esquina; el joven empujo la puerta y la música llego a sus oídos.

-Vamos, entra, te molará el sitio.

El heavy, una música extraña en su tierra, estridente, con formas poco o nada parecidas a su gusto musical. Entró en el local, siguió a su amigo mientras este empujaba haciéndose sitio y saludando a más gente de las que dejaba pasar.

-¿Qué tomas?

-“Un cerveza.”

-Ehhh. . . neno, pon unas cerves por aquí.

El camarero, sonrió y dejó delante de los dos hombres un par de cervezas.

Las horas pasaron y su amigo hizo por presentarle a todos los asistentes, la música aunque estridente era un tanto divertida, de modo que lo estaba pasando bien.

-Eh, que son las tres. ¿Nos movemos? comentó el camarero.

-Sí, vamos al Grito.

-Puf, yo voy al Senso.

Su amigo parecía interesado en ir a otro lugar.

-“¿Qué es Senso?”

-No creo que te guste.

-“Yo puedo ir contigo.”

-Está bien, pero no me digas que no te lo advertí.

Salieron del bar, dejando atrás al personal y se encaminaron al otro lugar, pero ya nada podía pararlo, esa noche no.

Caminaron por las estrechas callejuelas del barrio viejo, cruzaron una de las más concurridas del centro de la pequeña ciudad y de nuevo se encontraron caminando por calles en las que a duras penas entraría un coche.

Los carteles luminosos quedaban atrás; salían de la zona de fiesta y entraban en otra zona un tanto diferente; los bares en su mayoría cerrados ya dejaban ver su interior, locales en su mayor parte pequeños, de madera y con nombres extraños, nombres célticos, que para nada le sonaban.

-¿Ves ese de ahí? Es donde trabajan unos amigos, entro y salgo para decirles que estamos en el otro. No tardo.

Su nuevo amigo entró en el bar y después de hablar con sus amigos, salió tan rápido como entró.

-No quiero que te asustes, el bar al que vamos es. . ., bueno es. . . un bar de ambiente.

-“¿Uno bar de ambiente?”

-Sí un bar en el que los hombres conocen a otros hombres.

-“No, yo no entrar en ese.”

Con esas palabras se dio la vuelta y con paso firme se alejó del bar al que su amigo le había invitado.

Giró en la primera esquina, se apoyó en la pared, en su idioma blasfemó, sollozó, unas lágrimas recorrieron sus mejillas.

Las ganas de entrar en aquel bar le sobrepasaban, pero algo en su interior le prohibía dar la vuelta, sus padres…, que dirían sus padres si le vieran en un lugar así.

Se recompuso, miró a ambos lados y empezó el camino de vuelta a su casa.

Los pensamientos brotaban en su interior, deseaba yacer en la cama con un hombre, con su compañero, era perfecto a su vista: moreno, alto, con preciosos ojos verdes, necesitaba entender qué le estaba pasando, necesitaba respuestas.




Durante las siguientes semanas, aquel muchacho se devanó los sesos, no podía creer que en España la libertad hubiera llegado a ese extremo y, de ser así, por qué no probar, sentir el cuerpo de otro hombre, sentir sus labios, sus caricias. Con estos pensamientos pasó aquellas semanas, retozando consigo mismo en su cama imaginando cómo lo pasarían dos hombres, dando y recibiendo calor.

En las clases intentaba sentarse a espaldas de su amigo, sentía cómo dentro de él crecían sentimientos que jamás sintió antes. Después de ese tiempo pensando decidió que había llegado el momento, nadie tenía por qué enterarse y nunca creyó en aquel personaje que desde los cielos lo vigilaba y juzgaba todo.

Una tarde dio alcance en el pasillo a su amigo, lo agarró del brazo y le hizo la proposición que tanto deseaba.

-“¿Tú apeteces pasar el noche conmigo?”

-¿Cómo?

-“Yo entiendo, la noche de fiesta, tú molestes, pero yo quiero estar contigo, unas noche”.

-Bueno, pero esta vez no salgas por patas.

-“Sí, yo entiendes y siento.”

-No pasa nada, ven a mi casa después de las clases. Te esperaré.

¿Qué estaba haciendo? Esa era la pregunta que le acosaba a todas horas, pero las cosas no tenían más opción; si no lo probaba, jamás sabría si lo que sentía era o no real.

Una vez terminadas las clases, fue a su piso, se puso sus mejores galas; quizá aquella noche fuera la que le diera todas las respuestas que ahora le devanaban la cabeza.

Entró en Internet y mandó el mensaje diario a su familia; como siempre olvidó comentar los cambios y las decisiones que estaba tomando últimamente.

Terminado el mensaje, lo mandó; puso su cazadora y salió. Los pasos desde su piso se hacían cada vez más pesados, creía que después de lo que pasara esa noche todo cambiaría y sería la respuesta definitiva a sus indecisiones.

-¿Si?

Le contestó al telefonillo, ahora todo sería diferente.

-¿Eres tú?

De nuevo la voz; pidió al invitado que se diera a conocer.

-“Yo soy”

-Bien, sí, sube.

Ahora ya no podía echarse atrás, montó en el ascensor…, un tercero, allí descubriría si era cierto lo que sentía.

Su compañero lo esperaba en la puerta; con una sonrisa lo invitó a entrar.

-Adelante, pasa.

Una vez entró en el piso todo comenzó a darle vueltas, demasiados pensamientos arremolinándose en su cabeza.

-¿Estás bien?

-“Yo estar bien, no preocupes.”

-Tienes mala cara, siéntate en el salón, yo te llevaré un refresco.

-“Gracias.”

Contestó un tanto compungido.

-Toma, Fanta, de naranja, no tengo otra cosa. Sebas, ¿Te apetece tomar algo con nosotros?

-Chapo Internet y voy.

-Te esperamos.

Todo estaba pasando de la forma más cordial, no parecía que fuera a suceder nada que no quisiera que ocurriera. Lo que hizo que se sintiera más cómodo de lo que en un principio esperara.

-“No sé qué deber hacer.”

Confesó a su amigo una vez este se sentó en el sofá. A pesar de estar cómodo no podía dejar de dar vueltas a la situación.

-No sucederá nada que no quieras que suceda. Me gustas, desde la primera vez que te vi, ahora no tenemos por qué hacer nada, solo pasaremos la noche juntos. Si tú quieres. . ., claro.

-“Yo quiero, pero, necesito vas despacio, yo no estado con nadie, nunca.”

-No te preocupes, no sucederá nada. Tranquilo.

En ese momento, entró en el salón el compañero de piso.

-Holas, reyes. ¿Qué tal el día?

-Pues la uni, jodida la verdad, estoy jodido con el Macías, es un gran cabronazo.

-Va rey, yo estoy medio loca con las prácticas.

Las formas de expresarse de  aquella persona eran extremadamente exageradas, si no fuera por la pequeña mosca bajo los labios podría haber pensado que se trataba de una mujer.

-Este es Luis, o Barby,  como lo conoce todo el mundo.

Las sonrisas inundaron el salón.

-Rey, no juegues si no quieres que te marque la cara con las uñas.

¿Cómo dos hombres tan diferentes podían convivir? Era la pregunta que más rondaba la cabeza del muchacho que con rostro de perdido no era capaz de entrar en la conversación.

En ese momento se abrió la puerta de la entrada y un efusivo saludo resonó por todos los lugares de la casa.

-¡HOLAS!

-Hola, tío.

-Holas, macho alfa.

-Mirad, os presento a Patricia.

-Hola, chicos.

-Nos vamos a la habita. No molestéis.

-Bien, pasadlo a lo grande. Si es que lo consigues nena.

De nuevo las sonrisas abarrotaron la estancia.

-Lo haremos, ¿Verdad, nena?

La chica se ruborizó y no dijo nada.

Los dos nuevos habitantes de la casa se perdieron por el pasillo y en solo unos minutos algún que otro alarido se escuchó desde el salón.

-Nenas, este chico es como un conejo, cada día se trae a una diferente.

-Barby, no digas más, que tú tienes más que callar que nadie.

Por fin, pudo soltar una frase.

-“Vosotros casa es divertido.”

-No siempre es así.

-Si tu lo dices rey.

-¿No sales esta noche?

-Sí nena, he quedado, así que  me voy.

El otro compañero de piso salio por la puerta, de nuevo los dos solos se miraron a los ojos.

-Bueno, bueno.

-“¿Qué apeteces hacer.”

-Si quieres, nos vamos a mi cuarto.

-“Humm, como tú deseas”

Era difícil actuar, no tenía la más mínima noción de cómo debía comportarse en estos casos.

-¿Vamos?

Su compañero le tendió la mano, este la sostuvo, se dieron un beso, quizá el más casto que en sus vidas se regalaran a un amante.

Caminaron por el pasillo, sin soltarse las manos y entraron en la habitación.

Las estanterías cubrían todas las paredes, los libros lo llenaban todo y una pequeña computadora se hacía un hueco en la mesa de estudio, en la cama la manta de ositos y la almohada a juego.

-Este es mi pequeño reducto.

-“A mí gusta mucho.”

Los dos se rieron a la par y se sentaron en la cama.

-“No saber si estar preparado.”

-Solo recuéstate.

Su compañero le invitó a apoyarse en la almohada, se acercó a la computadora y puso una película; de nuevo en la cama se echó y quitó la camisa, pasó su brazo por debajo de la cabeza del otro hombre y se relajó.

-Veamos la película.

-“Pero. . .”

-No tenemos prisa, tenemos toda la noche y toda la vida.

-“Yo quiero. . .”

-Y yo también, pero no estás preparado y yo no quiero forzar las cosas.

Los minutos pasaron y los dos se dejaron mecer por los brazos de Morfeo, hasta que a la mañana siguiente, un ruido despertó al muchacho que por primera vez durmió con un hombre, dándose cuenta que era lo que más deseaba.

Se levantó, se acercó a la cocina; allí Barby y su amante, lo esperaban con el desayuno.

-¿Qué tal la noche? Porque este no me dice nada.

-“Yo, no. . .”

-Vale otro que no dice nada. Sois un par de reinotas, como si lo fuera a llevar al periódico de la uni.

-No te pases, no es asunto tuyo.

-Bien. Cariños me voy al gim, que lo paséis bien esta mañana.

El resto del día lo pasaron viendo vídeos del You-tube, la música los unió más de lo que estaban y los besos se tornaban poco a poco en pasión.

-Vamos.

-“¿Dóndes?”

-Te quiero enseñar un lugar.

-“¿Dóndes?”

-Es un secreto. Te gustará.

-“Pero tener estudiar.”

-Es sábado, tenemos tiempo.

Después de una ducha, cogieron el coche. Recorrieron la avenida saliendo de la ciudad y en menos de media hora estaban en una preciosa cascada, allí se declararon.

-¿Sabes una cosa?

-“Lo qué cosa.”

-Me gustas, quiero salir contigo.

-“Mi, gustas también, estemos juntos.”

Después de estas palabras se fundieron en un abrazo y un cálido beso, que los dos recordarían por el resto de sus vidas.

Llegados a casa, les faltó tiempo para desnudarse y practicar los artes del amor, durante horas se preocuparon el uno del otro sin que le mundo exterior entrase en el santuario en el que se convirtió la habitación.

-Para ser tu primera vez, ha estado genial.

-“Yo, no saber.”

-Sí que sabes, guapo.

Las risas cómplices se unieron y de nuevo yacieron en la cama dando amor al contrario sin reservas.

Esa noche, el amor fue regalado a expensas de lo que nadie opinara.




Los meses corrieron, pasaron a vivir juntos, en el mismo piso, a compartirlo todo, el uno para el otro y el otro para el uno.

El verano se acercaba y era el momento en que el tocaba irse a su país.

-“Dentro de poco yo me iré.”

-Sí, pero después del verano estaremos juntos otra vez.

-“Sí, yo deseo pase pronto.”

-Has mejorado mucho con el español.

-“Gracias a ti, baby.”

-Hablaremos todos los días por el Skipe.

-“No. He comprado dos billetes, es sorpresa, para Istambul.”

-Pero. . . ¿Y tus padres?

-“Por eso quiero que tú vengas, para presentarte a mis padres.”

-Pero tendrías que decírselo.

-“No te preocupar.”

-Preocupes.

-“Eso preocupes.”

El resto del mes vivieron como si no hubiera mañana. Hasta que el día llegó, el aeropuerto quedó atrás y la llegada a Istambul era inminente.

-Nene. ¿Estas seguro?

-“Nunca en mía vida estuve más seguro de nada. Te quiero.”

-Yo estoy contigo.

-“Yo sé, te quiero, yo sé que todo esta bien.”

-Espero que así sea.




Llegaron al hotel, deshicieron la maleta y bajaron a comer algo.

-¿Estás seguro?

-“Sí, yo estoy seguro, quiero hacerlo, por mí, por ti, por nosotros, esta noche se lo diré a mi familia.”

-Como tu quieras, pero no es necesario, sé que te quiero y que me quieres.

-Pero no quiero vivir con miedo, quiero ser libre.

El resto de la comida la pasaron con sus manos entrelazadas por debajo de la mesa, con miradas de pasión, deseo, amor.

Subieron a la habitación, se tiraron en la cama y se quedaron dormidos un par de horas.

La preocupación hizo que se despertara, dio un beso en la frente a su compañero todavía dormido.

-“Te quiero, esto lo hago por los dos.”

Escribió un pequeño mensaje que dejo sobre la mesilla y salió de la habitación.

El camino hasta la casa de sus padres fue largo, los pensamientos se arremolinaban en su cabeza como cuando decidió no entrar en aquel bar, hacía ya tanto tiempo.




-Joder, qué tarde, puf. . . las ocho y media. ¿Hola? ¿Nene? ¿Estas?. . . una nota. . .







(“Hola vida, he ido a casa de mis padres, hago esto por nosotros, pero sobre todo por mí. Te quiero y quiero pasar mi vida a tu lado.

Yo volveré a las doce o así.

Espérame, mañana tenemos los billetes de vuelta a España, para pasar el resto de nuestros días unidos.”



Ahmet)







-Bueno en un rato estará de vuelta.

Pasaron horas eternas en el pensamiento y en el reloj.

-Joder, estoy preocupado. ¿Qué coño ha podido pasar?

La noche avanzaba y su amor no daba señales. Ya eran la siete de la mañana, una llamada rompió el silencio de la habitación.

-Yes?

-“Hola, vida, soy yo. Mis padres me han echado de casa, haz la maleta nos vamos a España.”

-¿Pero tú estas bien?

-“Sí.”

En ese momento un sonido fuerte, como un trueno sonó a través del auricular.

-¿Nene? ¿Nene? NO. . .









Un hombre turco acusado de matar a su hijo gay, fue juzgado en Estambul. Yahya Yildiz, de 49 años y que huyó tras el crimen, fue juzgado en ausencia, por haberle disparado a su hijo Ahmet, de 26 años, quien murió, en consecuencia, en junio del año 2008. Otro hombre, identificado como residente local, resultó herido en el tiroteo, según reporta la agencia de noticias, Sapa-dpa.

                  El hombre disparó a su hijo después de que Ahmet le revelara que estaba sosteniendo una relación amorosa con un hombre de Colonia, en Alemania. Ahmet, quien estaba entrenándose como profesor de educación física, había salido del armario frente a su familia, quienes se sintieron muy descontentos acerca de su orientación sexual, de acuerdo a los abogados.

Este relato es en memoria de Ahmet. . ., porque creo que se merece un reconocimiento, porque lo considero mi hermano.

1 comentario:

  1. Así mejor, pero el otro estaba también genial. Un beso nene. Ya sabes que me encanta.

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